Tu hijo no necesita una dieta, necesita un metabolismo saludable

Hay una conversación que se está repitiendo en muchas casas y que, aunque nace desde el amor, puede hacer más daño del que imaginamos. Empieza con frases como: “Creo que estás más gordito» o “Mira cómo está el cuerpo de tu compañeros”.

Es cierto que el sobrepeso y la obesidad en adolescentes han aumentado de forma preocupante en las últimas décadas. Pero también es cierto que la solución no es poner a un adolescente en dieta.

La adolescencia es una etapa en la que el cuerpo está construyéndose de manera acelerada. Crecen los huesos, se desarrolla el músculo, cambian las hormonas y el cerebro sigue madurando. Es uno de los momentos de mayor actividad metabólica de toda la vida. Por eso, cuando un adolescente aprende a relacionarse con la comida desde el miedo o la culpa, no solo está intentando cambiar su peso; está formando una relación con su cuerpo que puede acompañarlo durante muchos años.

Uno de los errores más comunes es creer que la meta es bajar de peso. En realidad, la meta debería ser ayudar a ese cuerpo a funcionar mejor.

Durante la pubertad se construye gran parte de la masa ósea y muscular que sostendrá al organismo durante la adultez. La actividad física, especialmente el ejercicio que fortalece huesos y músculos, tiene un impacto directo en esa construcción. Lo que se desarrolla en estos años puede marcar la diferencia en la salud de las próximas décadas.

El sueño también juega un papel mucho más importante de lo que solemos pensar. La hormona de crecimiento se libera principalmente durante el sueño profundo. Cuando un adolescente duerme poco de forma constante, no solo se siente cansado al día siguiente; también pueden alterarse procesos relacionados con el crecimiento, el apetito y la sensibilidad a la insulina. Muchas veces no estamos frente a un adolescente “desordenado”, sino frente a un cuerpo que está intentando desarrollarse con menos descanso del que necesita.

Y luego está la comida. En esta etapa, el cuerpo requiere energía, proteína, calcio, hierro y otros nutrientes porque está construyendo tejido nuevo. Restringir alimentos sin criterio clínico puede interferir con ese proceso. De hecho, sabemos que las dietas restrictivas durante la adolescencia aumentan el riesgo de desarrollar una relación conflictiva con la alimentación.

Hay un dato que siempre comparto con los padres porque cambia la perspectiva: los adolescentes que comen regularmente en familia suelen tener una alimentación de mejor calidad y un menor riesgo de sobrepeso en la adultez joven. No es solo lo que hay en el plato. Es el ambiente en el que se come, las conversaciones que ocurren alrededor de la mesa y la forma en que el cuerpo deja de ser un problema para convertirse en algo que vale la pena cuidar.

En consulta, cuando llega un adolescente, el objetivo no es entregarle una lista de prohibiciones. Lo primero es entender cómo está funcionando su cuerpo: cómo duerme, cuánto se mueve, qué relación tiene con la comida, cómo está su composición corporal y qué hábitos existen en casa. A partir de ahí se construye un plan que tenga sentido para ese adolescente específico y que pueda mantenerse en el tiempo.

Un peso “ideal” no es la meta. Lo que realmente queremos es un metabolismo feliz, un cuerpo con buena energía, suficiente masa muscular, huesos fuertes y una relación sana con la comida.